jueves, marzo 22, 2007

Little Wonder...

Aun no puedo borra la estupida sonrisa en mi rostro…
La veo reflejada…

Y a su vez se continúa reflejando en miles de personas…

Una y otra vez…
Caleidoscópicamente muto…

Busco entre todos esos segundos cual fue el mejor

Cual quiero retener en mi mente para siempre…

Pequeña belleza…

Pequeña maravilla…

Pequeños anhelos de alegría…

Grandes sentimientos…

Demasiados pensamientos…

Sin desesperar voy a pensar en un plan…

Dentro de ese plan estaré esperando…

Buscare en él la forma de liberarme de todo esto…

Y alcanzar lo que siempre anhele
A pesar de que las cosas no son como creí…

Simples ironías que cuestan ser aceptadas…



Simink®

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ya se Yase puedo ser enervante con mi completo optimismo, se que algun dia te vas a sacar y bolerame de una patada en el orto, pero em encanto verte reir hoy y que esto que escribis sea un minimo mas optimista y que estes mejor te extrañaba un toque!!!!1
TE quero amiguitus boloño, pensa que sos el que va a ayudar a encontrar al chico de mi vida o lo que consigamos no me voy a poner exquisita ajajajajaja
besoss!

Anónimo dijo...

"...Volvíamos vertiginosamente hacia atrás, ni Harold Haroldson ni Austin podían impedir esa monotonía: había un grupo de casas rojas a la izquierda de la carretera, un panel con un anuncio del agua mineral Recoaro. Encendiendo un cigarrillo como queriendo vagamente justificar ese alto en pleno viaje, Mar había esperado que yo dijera algo, que le explicara por qué de pronto las lágrimas me mojaban la cara, pero no había palabras que decir a menos de decir Recoaro, decir casas rojas, cualquier cosa menos Juan cuando todo era Juan en ese momento, la ruta, las casas rojas, el agua Recoaro. Y de alguna manera lo habíamos comprendido con solamente mirarnos (Mar me había secado gentilmente las lágrimas, me había echado una bocanada de humo en la nariz), y era como si uno de los dos estuviera de más en ese auto y en esa cama, o peor, como si estuviéramos sintiendo al tercero observándonos desde las valijas y los recuerdos de viaje, entre caracoles y sombreros, o sentado en
el sillón junto a la ventana y vuelto obstinadamente hacia Bedford
Avenue para no mirarnos a nosotros.
—Es una piedra de hule grande así —dijo Marrast sentándose bruscamente en la cama y dibujando con las manos una especie de cubo
que, por la violencia del movimiento, se multiplicaba hasta abarcar no solamente la habitación sino gran parte del Gresham Hotel.
—Es tan difícil para los dos, Mar —dijo Nicole apretándose contra él—. Estás hablando de la nada todo el tiempo, estás enredando
inútilmente las vidas de los demás, del pobre Harold Haroldson, pero
nosotros seguimos aquí aunque juguemos con Austin, aunque yo me
vuelva a París, aunque cualquier cosa, Mar.
—Es una hermosísima piedra de hule —insistió Marrast—. Y yo me arreglaré muy bien en Londres hasta que termine los trámites de la
piedra, lo paso perfectamente con los dos salvajes argentinos y el
laudista.
—No quiero volver así a París.
—¿Por orgullo? Orgullo de ti misma, quiero decir. ¿Por qué no
bajas la crestita, por qué no depones las armas, malcontenta?
—Te es tan difícil aceptarme como soy —dijo Nicole—. Habré cambiado tanto, Mar.
—Éramos felices —dijo Marrast resbalando en la cama y mirando el
cielo raso—. Después, ya lo viste, había esas casas rojas y todo se petrificó de golpe como si estuviéramos metidos en la piedra de hule, realmente.
Date cuenta, trata de comprender, soy el primer escultor al que le pasa quedarse encerrado en una piedra, es una novedad considerable.
—No es por orgullo —dijo Nicole—. En el fondo no me siento culpable de nada, no he hecho nada para que me suceda esto. ¿Por qué
tenía que preservar mi imagen preestablecida, la que tú habías
inventado? Soy como soy, antes me encontrabas de una manera y ahora
soy la malcontenta, pero de este lado sigo siendo la misma, te sigo
queriendo como siempre, Mar.
—No es una cuestión de culpas —dijo Marrast—, tampoco Juan tiene la culpa de que su nuez de Adán te guste tanto, el pobre está
completamente ajeno a todo, supongo. De acuerdo, volveremos juntos a París, no tiene sentido quedarse solo aquí con la mala calefacción que hay en este hotel, y además qué dirían Calac y Polanco y mi paredro. En fin, trata de dormir bien, que por lo menos eso nos dure.
—Sí, Mar.
—Seguramente soñaré toda la noche con la piedra de hule. Dame un puntapié si me agito demasiado, si empiezo a roncar. La perilla de la
luz sigue estando de tu lado, me parece, en este hotel no cambia nunca nada..."